Fragmento de la novela La cofradía de Joe Barcala

Fragmento de la novela La cofradía de Joe Barcala

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resumencofradiaLos últimos tres meses había pasado mucho tiempo en casa, aislándome del mundo, sin prender la televisión, ni la radio. Apenas salía un par de veces a la semana a comprar algunos víveres para mantenerme con vida, sin faltar, por supuesto las cervezas o el licor, los cigarros, la marihuana y la cocaína, que eran mis principales alimentos en el encierro voluntario. La casa por dentro y por fuera daba el aspecto de evidente abandono y los árboles preferían tirar sus hojas con todo y ramas, que aún hoy parecía otoño en plena primavera. El invierno se encargó de secar las flores y la primavera hizo su tarea con las primeras lluvias tempraneras de febrero.

Mi cuarto llevaba cien días sin sacudir; sábanas, almohadas y muebles tenían un fino polvo sucio que provenía del descuido, el talco y el humo de mis hierbas al quemarlas. En realidad ni cuenta me di de eso hasta que, no sé porqué razón, esa mañana me dio por leer. Esta novela policiaca se acurrucó como un bebé en mis brazos y regurgitó sobre mi cabeza las miles de palabras que mancharon mis, ahora entendidas así, estúpidas ideas, producto de una vida sinsentido y solitaria.levanté un libro del buró. La ropa en los ganchos también sentía mi invierno moral cargando la nube sobre sus espaldas. Para estar en casa, incluso para salir, prefería usar una playera y unos pantaloncillos cortos, unas sandalias y sin calcetines. El cabello ya era largo incluso antes de iniciar la cuarentena y pocas veces me daba una afeitada a la barba. Me bañé cuando me sentía ahogado en alcohol o para mitigar la cruda de los largos días de inconsciencia.

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Me sentí Samuel Durek en cada instante. Cómo, investigando los detalles, descubría las pistas que le llevaron a detener a la asesina, una mujer de insuperable misterio, escondida en las oficinas del gobierno. La dueña del palacio, por así decirlo, de la embajada de los Estados Unidos en mi país. Incluso con mucha experiencia en la lectura, por momentos debía interrumpirla para entender las ideas que el escritor me presentaba y fue cuando prendí la computadora por primera vez. Intenté usar el diccionario de Internet pero llevaba meses sin conexión porque no pagué las mensualidades. Entonces me interné en la enciclopedia de mi máquina pero no era fácil hallar palabras como las del libro. A pesar de ser diestro en el uso de un diccionario impreso, en pocas horas estaba decidido a reconectar mi sistema de cable para usar el navegador y enterarme de asuntos de política que el escritor me daba a entender, pero no explicaba.

Definitivamente me había enamorado de aquella mujer. Pero ¿sería real o el producto de la imaginación del escritor del libro? Releí cinco veces el título y el nombre de su escritor, Corrupción desde la fuente de Isaac Compiara. En la solapa indicaba que el autor era estadounidense de origen italiano y aunque no me pareció significativo, me sorprendió que su novela fuera ya la séptima, con miles de ejemplares vendidos en sus otras obras. Decía también que para escribir Corrupción desde la fuente viajó por varios países y se internó en secretos de gobierno que ponían al descubierto el plan de un grupo de magnates muy poderosos tanto económica como políticamente de dominio universal en todos los ámbitos. Ese enigma me despertó del letargo. ¿Acaso Romina Colenga, asesina de la novela, estaba inspirada en uno de los personajes de la vida real? Si eso resultaba cierto, ¿podría Samuel ser el mismo autor? ¿Isaac Compiara se representó en Samuel, el protagonista de Corrupción desde la fuente mientras investigaba el asesinato o también llamado magnicidio del Presidente del Senado?

No podía esperar más, el interés por conocer los acontecimientos de ficción narrados en la historia de Compiara me estaba dando, por primera vez en muchos años, un motivo de aliento. Yo siempre estuve preso en un círculo de amistades de bajo perfil; entre esos amigos se encontraba Mario Arteaga, un tipo corpulento y sin escrúpulos que para todos los demás era nuestro héroe. Valiente y atrevido, nos impulsaba en ocasiones a pelear con los pandilleros de otra escuela de la ciudad. Mario me regaló la novela que hoy estaba quitándole el velo a mi inteligencia, ponía dudas en mi cabeza con las que sentí emerger a una realidad apasionante y hasta entonces desconocida e intrigante. Tuve que salir de la casa, pero la novela salió conmigo.

Caminé unas cinco calles hacia el malecón donde abordé un autobús de pasajeros y me trasladé hasta el Parque del Risco, la plaza donde estaba la oficina del cable de televisión e Internet. Me sorprendió que me cobraran muy poco por reconectar el servicio y eso me alegró aún más la tarde. Sin embargo, empezó a llover. Perdí más de una hora detenido bajo una marquesina del centro comercial esperando que la lluvia amainara y me dio por pensar un poco en las ruidosas tardes de los 90 en aquel parque con mis amigos. Jugábamos básquetbol y gritábamos como locos mientras los autobuses de la zona nos silenciaban con sus escapes. No podíamos escuchar las instrucciones de un pase y perdíamos la bola en cada momento.

Luego de cinco minutos me encontraba de nuevo buscando la línea donde había dejado de leer y supe entonces que Samuel Durek, el investigador, había sido un militar de alto rango a quien separaron de la milicia por un problema de salud en su cadera. Compiara cuenta que en la noche del día que recibió la baja, lloró en brazos de su esposa por aquella decisión de las autoridades y cuenta que estuvo a punto de darse un tiro en la cabeza dentro del baño de su habitación.

citas4En la página siguiente ya no habló de los motivos que lo impulsaron a suspender el suicidio, la historia dio un salto de varios años y me encontraba nuevamente en la comisaría donde Samuel supervisaba la investigación. Ese día iba a visitar a la embajadora en su domicilio particular para indagar sobre algunos datos que debilitaban su coartada. Ella era la asesina, yo lo sabía porque desde el primer capítulo Compiara adelantó el final, o lo que yo supuse que era el final. Me acordé de Mario Arteaga, mi amigo el valentón, porque siempre imaginaba el final de las cosas que apenas estábamos planeando hacer. El caso es que Samuel Durek, acompañado de dos de sus compañeros policías, se apersonaron en casa de la embajadora y le pidieron permiso de pasar. Isaac Compiara no descuida ni un detalle en su novela, y antes de contar los pormenores de la entrevista, se explaya pincelando en mi imaginación los colores y olores de la casa, el vestido de la embajadora y el calor que despide la lámpara de mil focos ubicada en el hall de aquella lujosa residencia, y sin que Compiara lo indicara, yo había supuesto que aquella propiedad pertenecía al gobierno de los Estados Unidos. Y con eso me quedé pensando un largo rato, mientras me animaba a cruzar la calle para tomar el autobús de regreso a mi casa.

Releyendo ese último párrafo del capítulo primero de la novela Corrupción desde la fuente, sentado en uno de los sofás de mi sala, sonó el timbre de la puerta e intenté primeramente recordar si tenía algún pendiente por resolver. Ese timbre no había sonado en más de dos semanas, ya ni el cobrador lo intentaba pues yo nunca abría. Pero, por alguna razón, ese día estaba más motivado a reencontrarme con el mundo y decidí que era tiempo de salir a enfrentar a los demás. Al levantarme moví sin querer la mesa de centro y con ello agité la botella de una cerveza añeja que rodó por el vidrio haciendo salir el último trago que no fue tomado y levantaba un olor a cantina de pueblo, como decimos en mi tierra, que me advirtió la imperiosa necesidad de no permitir que, fuera quien fuera, ingresara a mi casa, pasaría una inminente vergüenza gracias a las deplorables circunstancias de toda la casa.

Para ventaja mía, no tenía alfombras, porque la cerveza fue juntándose en un río que terminó derramándose en el suelo. Después de sobarme un poco la rodilla acalambrada por el golpe con la mesa, me dispuse a asomar por la mirilla de la puerta para distinguir al visitante inesperado. La lluvia había vuelto y me lo dejaba saber el escándalo del tragaluz de la escalera. Al poner mi ojo en la mirilla, me causó una conmoción al notar que la coincidencia al parecer sucedía por algo, aunque definitivamente no le llamaría destino. Mario Arteaga estaba detrás.

Intenté halar la perilla cuando descubrí, sin desengaño, que la llave estaba echada. La costumbre de darle dos vueltas a la llave se había originado un par de años atrás, cuando, bajo los efectos de la droga, me salí desnudo a caminar por las calles y un vecino me encerró en su cuarto de trebejos hasta que desperté de nuevo un día después. Tomé las llaves del cajón y le abrí a mi amigo Mario. El saludo fue fraterno y lo invité a pasar, aunque fuera a criticarme por el tiradero de mi casa. Lo primero que resintió fue el olor. Déjame abrir las ventanas, suplicó y accedí. Al poco rato, con el viento lluvioso las volvimos a cerrar, ya el ambiente entonces estaba más cordial. ¿Dónde te has metido? Preguntó y le narré con poco detalle algunas de los hitos más significativos de los últimos años, pues la última vez que lo vi, fue sólo un par de minutos en la estación del autobús, cuando me regaló el libro que él recién terminó de leer.joechica

Sus ojos brillaban como siempre. Alguna vez me pregunté cómo era la suerte de algunos tan atractivos como él, siendo que otros padecemos de fealdad; esos suertudos que dejaban siempre una sensación agradable al ver las siluetas del cuerpo y de la cara, mientras que otros, como yo, no alcanzábamos calificación reprobatoria. Pero él, siempre, a pesar de nuestra humilde presencia, estaba dispuesto a apoyarnos y respetarnos como ni siquiera mi padre pudo hacerlo jamás. Le ofrecí una cerveza y la aceptó animoso. Luego me dijo que encontró algo en esa novela de Compiara, algo que lo hizo pensar en mí. Yo le dije que aun no llegaba a la mitad e intentó motivarme a terminarla. ¡No sabes! Te va a sorprender. Estoy seguro que va a cambiar tu vida. Y le contesté: estoy entradísimo, apenas hoy la empecé y ya llevo cinco capítulos. Me habló un poco de Samuel, me dijo que su aspecto militar le recordaba a mis incesantes críticas en el juego de básquetbol y que yo me aferraba al reglamento tanto o más que el propio Samuel. No exageres, le reclamé. El que exageraba eras tú. Sólo quería que no hicieran trampa, y el más tramposo de todos eras tú; hacías viola y no querías que la marcáramos. Era sólo un juego de niños, me comentó. Ah, sí, le recriminé, y los demás nos frustrábamos porque siempre perdíamos; entonces sí marcabas las faltas.

Y aunque estuviéramos peleando hasta casi las dos de la mañana, Mario me caía muy bien. Yo lo quería mucho. Me hizo pasar la mejor velada de los últimos diez años, cuando dejé de verlos. Su visita despertó muchos recuerdos. El más importante de todos fue sobre Janette, a quién él me enseñó a conquistar, querer y seducir. Mientras levantaba la cerveza de la mesa, Mario se burlaba de mí, pues yo me incliné para limpiar el piso con un trapo y se empezó a carcajear. ¿De qué te ríes? De tus nalgas. ¿Y eso? ¿Te gustaron siempre o es de ahora? ¿Te volviste homosexual? No, para nada. Y menos con tus nalgas, me dijo. Es que cuando andabas con Janette me acuerdo que te vi en la playa dándole duro al queso. Y vi tus nalgas meneándose como un molusco. Eso sí que fue divertido. ¿De verdad? ¿Me viste haciéndolo con ella? Le pregunté. ¿Bromeas? Todavía tengo el vídeo. Te descubrió Alejandro y corrió a avisarnos, mientras sacaba de la camioneta la cámara que llevábamos. Me asombré muchísimo. Ellos guardaron ese video y nunca supe de su existencia, y el muy canijo me amenazó con subirlo a YouTube. Por mí, haz lo que quieras, le dije; sólo que no dejes que ella se vea en el vídeo. Y al ver mi seriedad en el asunto, me comentó que sólo era una broma, y que tal vídeo no existía. Así es Mario, nunca sabes cuándo está hablando en serio. Pero Janette de verdad había dejado una huella en mi vida hasta el día de hoy, porque diariamente me acuerdo de su cariño, de su inocencia, de su tez hermosa y brillante con un bronceado permanente en las mejillas, en los brazos y en las piernas. Ella es mi primer amor completo y aunque ya lloré su pérdida, muchas veces sigue siendo mía.

Amaneció sin darme cuenta. Para cuando vi la luz me colmé de aire hasta las rodillas y visité la regadera con el ansia imperiosa de terminar mi libro. El ambiente húmedo que dejó la lluvia de la víspera le daba al día cierto ambiente melancólico y en cierto momento me entró una de mis instantáneas, recurrentes y molestas depresiones que me dan por llorar. La principal angustia me llega por un cierto miedo a no poder ver jamás lo que ya he perdido. Quisiera poder describir como lo hace Compiara en su novela los sentimientos más dolorosos de los seres humanos, al grado de desgarrar el alma. Sentarse a llorar como un niño pequeño porque he dejado en el camino a personas y cosas a las que extraño con locura; es como definir el bosque de Los sueños de Akira Kurosawa, el encuentro con Viernes de Robinson Crusoe, la soledad de un astronauta frente al infinito visible. Me siento tan miserable como el divorciado que suplica consuelo a la copa de licor en una cantina la primera noche fuera de casa. Y ahí estaba de nuevo el obsceno círculo vicioso de la obscuridad de mi encierro. Pero también estaba el motivo, ese día hubo un pretexto para dejar el letargo al ver a un lado de mi cama en una mesa improvisada con un cajón de madera antiguo, el libro de Compiara.

Arrimé fuera de mí la depresión y me incrusté en la regadera. Afeité mi barba a cero por primera vez en tres años y me desconocí en el espejo. Algunas marcas en la piel me descubrían por primera vez a un hombre, antes semejaba un niño con piel de algodón. Ahora los poros de mi cara se abrían y eso obscurecía en un veinte por ciento la tez. Quizá algún día me animaría a probar las mascarillas de las que tanto se hablan. Sin embargo, no tardé en secarme, sacudir mi cabello y empezar a disfrutar el ángulo visual de un narrador que para mi era sui generis y desyerbé los primeros misterios del capítulo seis. Para las dos de la tarde llegué al segundo tomo de un libro que no tendría más de quinientas hojas. Parecía una Biblia, pero el contenido era a una sola columna y con letra más grande. En la portada, además del título Corrupción desde la fuente se encontraba un emblema parecido al Yin yang como centro de una persona y con rayos de luz emanando de él. La persona se dolía del estómago con las manos sosteniendo el símbolo. Una frase subtitulaba: “El engaño no podrá ser descubierto por esta generación”.

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