¿Está triste el presidente?

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Son días de lluvia y con ello llega la melancolía, el cielo emula las lágrimas humanas, el olor a tierra húmeda se percibe más que el de la contaminación y el polvo. El corazón parece encogerse ante la oleada de cierres a los círculos anuales, el reencuentro con la madre el día 10, viene una serie de sellos para terminar grados escolares y en otros, la partida de hijos e hijas hacia su nueva vida, bodas que acrecientan la tristeza.

Este año no es la excepción y resulta más dramática con la sana distancia, la cancelación de eventos masivos, conciertos, deportes, parques públicos y las mismas graduaciones virtuales, separación de abuelos y nietos y más.

El presidente de México tiene una serie de motivos por los que podría estar no triste sino muy, muy triste. ¿Lo esconde? ¿Es real su tristeza? Veamos.

Contra de sus planes iniciales, hay un bache doloroso y mundial llamado COVID-19. Ha tenido que soportar los embates de la oposición sobre una situación totalmente ajena e históricamente inédita. Aunque ya vemos, le hacen lo que el viento a Juárez.

Es cierto que vendrán momentos de baja económica y muy dentro del idealismo casi mágico del presidente, eso no es lo que le pone triste. Está consciente que el dinero no es lo más importante en la vida, sabe de la riqueza que existe en el pueblo mexicano y cuenta con el apoyo de grandes mayorías.

Cuenta también con estrategias económicas innovadoras. Es conocedor de la importancia de ayudar a los de abajo que redundará en capacidad de consumo que los empresarios podrán aprovechar para su recuperación, ellos que se quejan de no recibir apoyo del gobierno, en realidad deben mirar hacia abajo: ¿qué necesitan los que ahora cuentan con ingresos ¡por primera vez!? Si los de abajo están bien, los de arriba lo agradecerán.

En el modelo económico, ya todos están obligados a pagar impuestos, ya se aumentó la recaudación fiscal, no nos estamos endeudando y se está haciendo una derrama de recursos histórica hacia la población más vulnerable para contrarrestar la crisis económica por la pandemia del COVID-19. Eso más bien pone feliz al presidente.

Usos del petróleo

La caída de los precios del petróleo, lo sabemos bien, no es provocadora de tristezas. El crudo no está en decadencia, falta mucho para eso. No es sólo la gasolina, que en México, particularmente, tiene su habitual consumo y hay curvas estadísticas que van en ascenso. Son fertilizantes, plásticos, gas, detergentes, lubricantes. Sus precios internacionales se estabilizarán porque la economía mundial lo requiere. Siendo un país productor, no tiene mayor problema para aprovechar ese recurso y explotar miles de pozos que se han descubierto en los últimos años. Además, las refinerías, como parte integral del plan de gobierno del presidente en funciones, eventualmente nos darán independencia a la compra de gasolinas del consumo interno.

Del mismo petróleo, además, hay buenas noticias: antes extraer el petróleo costaba $12 dólares el barril y ahora $4 dólares. Con el precio ya recuperado de $22 dólares, ya empieza a recuperase utilidad. Esto es en este momento.

El caso del hijo de Bartlett tampoco creo que entristezca al presidente más que las acusaciones de que él sea corrupto. Por eso, siendo como es, convencido de la transformación de México, no le temblará el dedo si tuviera que correr a uno o más funcionarios. Él llegó al poder por apoyo ciudadano, no por convenios con narcotraficantes como los tres presidentes anteriores o con otro tipo de intereses económicos que los apoyaron. No le debe nada a nadie, más que al pueblo, que le tiene en muy alta estima.

Felipe Calderón Hinojosa

Se le acusa de no cumplir la ley, como lo acusó el ex-espurio-presidente Calderón diciéndole que se deje de consultas, si tiene que cumplir con el castigo a corruptos, que lo haga. El presidente ha sido claro en este tema siempre: no quiere como eje de su gobierno la venganza, pero sí la ley. Hoy que sale mucha información oculta, resguardada por las políticas previas, él envía a la Fiscalía lo hallado y, poco a poco, pero la ley se cumple. Ahí está el caso Lozoya, el caso de Rosario Robles, entre otros. Y se investigan fraudes al IMSS en sexenios anteriores porque hoy afectan el desempeño de la salud pública nacional.

El desafío de la pandemia misma no entristece al presidente, tampoco. En primer lugar, estando al tanto del valor científico de los médicos y doctoras mexicanos, se sabe seguro que todo el trabajo conjunto de los responsables de esta enfermedad viral de alta mortalidad, está logrando lo inaudito: aplanar la curva. Pese a la aceleración inminente, vamos en cifras realmente alentadoras: sí, ha habido ya más de 26 mil contagiados pero en este momento sólo cerca de 7 mil están activos, los que recientemente se contagiaron y aún tienen la enfermedad. Para un país de 127 millones es realmente halagüeño. Tristemente casi 3 mil han perdido la vida y eso, eso sí entristece al presidente y a todo mexicano consciente del valor perdido.

Andrés Manuel López Obrador es “adicto” a los abrazos de la gente.

Dentro de esa tristeza, lo que más le pega al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, quien soñó por 40 años por servir a la Nación, es la distancia. Él es una persona apegada, es demasiado humanista para mantenerse lejos de los abrazos, de la alegría, del genuino desbordamiento de voces que le respaldan en cada mitin, en cada encuentro. Eso, eso sí le pega. Pero hoy, curiosamente, inició su mañanera diciendo: “ánimo”, “saldremos adelante”. Eso que en múltiples cursos empresariales se dice tratando de motivar a los líderes en formación. ¡Qué ironía!

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